Relatos de plomo es la crónica del terrorismo de la ETA en Navarra..864 ASESINADOS POR LA ETA DESDE 1960....Cronología criminal de la ETA desde el 31 de julio de 1959...INDEX.
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Captura de jefes de la ETA desde 1986, con el paréntesis de 2004 a 2008 por la negociación.......La negociación de Zapatero con la ETA de 2005 a 2007 y la siguiente....Los atentados de 2007 y la negociación con la ETA....
....Herrira..Segi, Jarrai y Haika....Las marcas electorales de la ETA desde 1978....La derrota de la ETA y la victoria completa...Los crímenes de la ETA y su castigo

La primera víctima de la ETA fue Begoña Urroz Ibarrola en 1960, de 22 meses, hija de padres navarros

El Gobierno condecora en 2012 a la bebé de 22 meses asesinada por la ETA en 1960 como su primera víctima, porque sólo ahora puede su familia hablar de ello

DN CARMEN REMÍREZ. PAMPLONA/BEINTZA-LABAIEN Domingo, 7 de febrero de 2010

El 27 de junio de 1960, minutos después de las siete de la tarde, una maleta incendiaria colocada en la consigna de la estación de Amara, en San Sebastián, explosionaba causando quemaduras mortales a un bebé de 22 meses. El artefacto le ocasionó graves quemaduras en las piernas, los brazos y la cara. Tras unas horas de agonía, Begoña Urroz Ibarrola moría al día siguiente en la clínica del Perpetuo Socorro de la capital guipuzcoana. Esa misma bomba causó también heridas a otras seis personas más. Fue un asesinato vergonzante no exhibido, ni reivindicado como una hazaña por la ETA.

La fallecida se trataba de la primogénita de un matrimonio navarro que había emigrado al emergente cinturón industrial de San Sebastián a finales de la década de los cincuenta y, según, la familia, las autoridades y varios investigadores del sanguinario reguero de ETA, la primera víctima mortal de la banda. Fue un asesinato vergonzante no exhibido, ni reivindicado como una hazaña por la ETA.

A pesar de que esa hipótesis ha ido cobrando fuerza con los años (lo han afirmado así, entre otros, José Antonio Pagola, vicario general de la diócesis de Guipúzoca, Ernest Lluch, ex-ministro socialista y víctima de ETA, y Florencio Domínguez, periodista, y Rogelio Alonso y Marcos García Rey, expertos en terrorismo y co-autores junto a Domínguez en 2010 de Vidas Rotas, libro publicado por Espasa), la banda nunca ha reconocido oficialmente la autoría de aquella muerte. Pero para la familia es un hecho. Así lo reconocía esta semana a través de una entrevista telefónica Jon Urroz Ibarrola, hermano de la víctima, y así lo hicieron hace unos días también al diario El País. El próximo domingo 14 de febrero de 2010 recibirán, junto a otras víctimas de la banda, un homenaje del Ayuntamiento de Lasarte, localidad donde reside Jesusa Ibarrola Tellechea, la madre, que perdió a su hija. Su marido, Juan Urroz Gragirena, padre de la niña, falleció hace algo más de un año. Hasta que decidieron hacer pública su experiencia de la tragedia, la familia Urroz Ibarrola (Jesusa de 83 años y sus dos hijos, Begoña, que se llama igual que su hermana, y Jon, residente en Irún) había guardado silencio. "Nos costó dar el paso, pero pensamos que hablar era una deuda que teníamos con el deber y con la historia", explican.

Oriundos de Navarra

La primera víctima mortal de ETA fue pues un bebé de 22 meses, la primera hija de un matrimonio navarro originario de Beintza-Labaien, recién instalado en Guipúzcoa. Él, Juan Urroz, era oriundo del barrio de Labaien. Contaba con cinco hermanos: José Antonio, Lorenzo, Perico e Hipólita. En la fecha del asesinato de su primera hija, había encontrado empleo en una fábrica de electrodomésticos, Moulinex. Estaba recién casado con Jesusa Ibarrola, la benjamina de nueve hermanos, que vivía de niña en el barrio de Beintza. "Los Ibarrola no eran originarios de aquí. Se instalaron a principios de siglo, cuando este pueblo tendría unos 800 habitantes y ahora estaremos por los 300, así que imagínate. Vinieron aquí porque el padre de Jesusa, Tomás Ibarrola, fue designado como secretario", explicaba un vecino.

El relato del asesinato de Begoña Urroz abre la sucesión de crímenes que Florencio Domínguez recoge en su libro. Una página antes, sitúa en 1958 "el origen del terror". Un año después, el incipiente grupo Euskadi Ta Askatasuna cometía su primer acto violento: la colocación de sus tres primeras bombas contra objetivos simbólicos en Vitoria, Bilbao y Santander. En junio de 1960, con la muerte de Begoña Urroz, la ETA inicia su historial sanguinario. "La hija de un matrimonio residente en Lasarte fue alcanzada por una bomba incendiaria colocada en la estación de Amara, en San Sebastián", narra Domínguez. El artefacto le ocasionó graves quemaduras en las piernas, los brazos y la cara, y falleció al día siguiente. Esa misma bomba causó también heridas a otras seis personas más, indica el libro. En su relato, Jesusa Urroz, explica que ella estaba comprando unos zapatos a la niña "para ir a Navarra" cuando tuvo lugar la explosión. "Una tía mía trabajaba en la consigna de la estación y a veces le echaba una mano para ganarme unas pesetillas. Le dejé a la niña mientras estaba comprándole los zapatitos en un comercio cercano. Cuando volví, había un lío tremendo".

Los papeles de Bidart

Como explica Domínguez, la ETA no reconoció aquel atentado y durante muchos años se creyó que el primer fallecido del que la banda era responsable fue el del guardia civil José Antonio Pardines Arcay, acribillado a balazos el 7 de junio de 1968 en Villabona (Guipúzcoa). "Durante mucho tiempo, el asesinato de Begoña Urroz, al igual que el resto de atentados de aquellos días, fue atribuido al anarquista Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL). ETA no asumió la autoría, aunque el 29 de marzo de 1992, a raíz de la captura de la dirección de ETA en Bidart, en el ordenador del jefe del aparato político, José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, fue encontrada una cronología de diversos acontecimientos en la que figuraba la mención a ese atentado".

En su investigación, el texto recogido en Vidas Rotas achaca en parte ese silencio a la brutalidad de ese crimen, que nada tiene que ver con reivindicaciones separatistas (un bebé, de una familia obrera, en pleno corazón de San Sebastián) y alude asimismo a las conclusiones a las que llegó también Ernest Lluch, recogiendo el siguiente extracto del artículo que el catedrático catalán publicó en septiembre de 2000, tres meses antes de su asesinato, en El Diario Vasco. "La fuente en la que se basó el vicario general Pagola era impecable (el relato de una catequista amiga de la familia Urroz, que trasladó a Pagola sus sospechas de que ETA estaba detrás de la muerte del bebé) y, a partir de ella, he podido obtener informaciones comprobatorias y adicionales. La familia recibió la versión oficial de la autoría de ETA, y en su entorno vecinal no hay duda de ello", sostiene Lluch en su texto.

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JON URROZ IBARROLA HERMANO DE LA BEBÉ FALLECIDA

"Contar nuestra historia era un deber histórico"

DN CARMEN REMÍREZ . PAMPLONA/BEINTZA-LABAIEN Domingo, 7 de febrero de 2010

Juan Urroz y Jesusa Ibarrola perdieron a su hija Begoña en 1960. Años después, elegirían este nombre para su segunda hija, en una especie de homenaje a la que les habían arrebatado. Su hijo varón, Jon, que reside en Irún, se ha visto obligado en la última semana a ejercer de portavoz de la historia de su familia. Una tragedia a la que decidieron aportar su testimonio después de 50 años de silencio.

¿Qué les ha llevado a hacer público su parecer ahora?

Llegó un momento en que consideramos que, después de tanto tiempo, contar lo que pasó con nuestra hermana era un deber con la historia y con la memoria. Nos costó mucho dar el paso, pero sentimos que era una obligación que teníamos que afrontar. Lo que no sabíamos es que iba a tener las consecuencias que ha tenido. Pedimos respeto para nosotros y para nuestra decisión. Igual para algunos es difícil de entender, pero es que tampoco es un paso sencillo. Y hay quien no lo comparte, a nuestro pesar.

¿Y eso?

Dar el paso de hablar ha despertado un interés inusitado. Todo el mundo quiere saber más. En algunos momentos, el boom mediático ha llegado a molestarnos. Lo contado, contado está. No queremos remover más aquellos momentos dolorosos. Mi madre tiene ahora 83 años y está delicada de salud, no queremos que se enfrente a situaciones que pueden resultarle difíciles, como cámaras de televisión irrumpiendo en su casa. Ya lo ha pasado suficientemente mal, su hija no era más que un bebé... Elegimos un medio nacional, un periódico (El País publicó la historia el pasado domingo 31 de enero de 2010 y en él aparecían los testimonios de Jesusa, la madre, Begoña, la hija, y Jon, el hijo) precisamente por dar una voz amplia a aquella historia y queremos que quede ahí, que se conozca y se recuerde, pero no que se convierta en un espectáculo.

Origen navarro

Sus padres son de origen navarro. ¿Mantienen relación con esta tierra?

Estamos muy orgullosos de nuestro origen navarro. Mis padres hablaban frecuentemente de ello. Ellos proceden del mismo pueblo, Beintza-Labaien y emigraron a Guipúzcoa para poder trabajar, pero nunca se olvidaron de Navarra. Luego, la vida te acaba deparando otra cosa. Después de tantos años, hoy mi padre ha fallecido y mi madre reside en la casa familiar, en Lasarte, donde emigraron hace más de cinco décadas, pero la raíz de Navarra sigue presente también en nosotros, sus hijos. Al final los dos eran una pareja que procedían del mismo pueblo y tenemos familiares allí por las dos ramas. Nunca rehuimos nuestras raíces. Al contrario, siempre han sido un motivo de buenos recuerdos y de satisfacción.

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Indignación en el Lasarte de 1960 por "un acto vil"

LA PRENSA DE LA ÉPOCA RECOGE EL DUELO POR EL ASESINATO DEL BEBÉ Y LA HONDA EMOCIÓN QUE CAUSÓ EN LASARTE EL ATENTADO

DN CARMEN REMÍREZ . PAMPLONA/BEINTZA-LABAIEN Domingo, 7 de febrero de 2010

Los periódicos de la época recogían en sus portadas la brutal explosión de la maleta de Amara. En Guipúzcoa, tanto La Voz de España (por entonces, el principal rotativo de la provincia) como El Diario Vasco hacían referencia a una nota del Ministerio de Gobernación en la que se hablaba de salvajes actos de terrorismo. También Diario de Navarra aludía en su portada a la explosión de maletas con bombas incendiarias en distintas estaciones (en Barcelona, Madrid o San Sebastián). En su momento, la autoría de los actos violentos no quedó nada clara. "Con estos hechos se ha pretendido dar cumplimiento a las consignas terroristas que elementos extranjeros, en cooperación con separatistas y comunistas españoles, vienen propugnando insistentemente". Dos días después de la crónica de la explosión se publicaba la entierro. Diario Vasco la titulaba Duelo en Lasarte y en ella hablaba de criminal atentado, un pueblo lasartearra visiblemente emocionado y padres de la inocente e infortunada niña. En su portada del 1 de julio de 1960, Diario de Navarra citaba "la indignación popular contra el vil acto de terrorismo".

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La primera víctima de la ETA fue la niña de 22 meses Begoña Urroz Ibarrola en 1960 en la estación de Amara en San Sebastián

EL PAÍS JESÚS DUVA 31/01/2010

Begoña Urroz, de 22 meses, falleció abrasada en 1960 por una bomba colocada en la estación de ferrocarril de Amara, en San Sebastián. Décadas después se descubrió que ése fue el primer atentado mortal de ETA. Su madre rompe ahora 50 años de silencio y habla a EL PAÍS

"Una tía mía, Soledad Arruti Etxegoyen, trabajaba en la consigna de la estación de Amara, en San Sebastián. Yo solía ir a ayudarla para ganarme unas pesetillas. Aquel día dejé a mi niña con ella mientras yo iba a un comercio cercano a comprarle unos zapatitos para ir a Navarra. Cuando volví, había un lío tremendo. ¡Había estallado una bomba! Mi hija estaba abrasada y otras personas, entre ellas mi tía, heridas. Fue horrible". Jesusa Ibarrola Telletxea, a sus 83 años, se mantiene lúcida y fuerte. Pero no puede reprimir el llanto porque conserva en carne viva el recuerdo de aquella tragedia pese a que ha transcurrido ya medio siglo de lo que luego, mucho tiempo después, se ha sabido que fue el primer atentado de ETA con resultado de muerte.

Begoña Urroz Ibarrola, un bebé de apenas 22 meses, la primogénita de Jesusa, inauguró así una lista en la que hasta hoy figuran más de 850 nombres escritos con sangre por ETA a lo largo de su historia. Durante 50 años, los Urroz han rumiado su dolor con discreción, en solitario y en silencio. Un silencio que ahora han roto por primera vez, gracias a la decisión de esta madre octogenaria.

Ocurrió minutos después de las siete de la tarde del lunes 27 de junio de 1960. A esa hora deflagró una maleta incendiaria depositada en uno de los armaritos de la consigna de la estación de Amara. La reseña que el atentado mereció en los periódicos de la época se limitó a la publicación de una escuálida nota del Ministerio de la Gobernación en la que daba cuenta de la explosión de cinco artefactos: uno en un furgón del tren correo Barcelona-Madrid, entre los municipios zaragozanos de Quinto y Pina de Ebro, y los otros cuatro en otras tantas consignas de Barcelona, Madrid y San Sebastián (una en la estación del Norte y otra en la de Amara).

En la estación del Norte donostiarra resultó herido leve Carlos Íñigo Acevedo, domiciliado en Pasajes. Pero el de Amara fue el más grave de una cadena de atentados inusual hasta entonces bajo la férrea dictadura del general Francisco Franco. Además de la niña Begoña Urroz Ibarrola, con quemaduras en el 90% de su cuerpo, también resultaron heridos por este último artefacto el joven estudiante Valeriano Bakaikoa Azurmendi, de 15 años, que regresaba a San Sebastián tras pasar unos días de vacaciones con unos familiares de Rentería; la encargada de la consigna, Soledad Arruti, de 60; Pascual Ibáñez Martín, de 29 años; Francisco Sánchez Bravo, de 42, y María García Moras, de 49.

El comunicado del ministerio que entonces dirigía el general Camilo Alonso Vega concluía diciendo que "con estos hechos se ha pretendido dar cumplimiento a las consignas terroristas que elementos extranjeros, en cooperación con separatistas y comunistas españoles, vienen propugnando insistentemente".

Ni siquiera el Gobierno Civil de Vizcaya fue más explícito cuando apenas 48 horas después estalló una nueva maleta incendiaria en la estación bilbaína de Atxuri del Ferrocarril Vascongado. En aquella ocasión, el gobernador y jefe provincial del Movimiento difundió un comunicado en el que aseguraba: "Ha sido una prueba de cómo se comportan esos elementos enemigos del orden y de la tranquilidad pública, que han levantado con su actitud criminosa una reacción de protesta ciudadana concretada en unánime condenación".

A Juan Urroz, un hombre de caserío, un navarro que hablaba euskera, empleado en la fábrica de electrodomésticos Moulinex, y a su esposa, Jesusa Ibarrola lo que les importaba era su hija Begoña, que agonizaba en la clínica del Perpetuo Socorro con los brazos, las piernas y la cara destrozados por una lengua de fuego. Su vida se apagó sólo unas horas después a causa de las horribles quemaduras que la bomba incendiaria le habían provocado.

Con cierta emoción, Jesusa recuerda en su casa de Lasarte (Guipúzcoa) que María Isabel Etayo, la esposa del entonces alcalde de San Sebastián, Antonio Vega de Seoane Barroso, permaneció toda aquella terrible noche a su lado dándole consuelo y apoyo. "Aquellos días eran las fiestas del pueblo. Mi madre nos ha contado muchas veces que el día del entierro de la niña salieron de casa con la cajita blanca mientras la gente cantaba y bailaba por las calles", dice Begoña Urroz, la hija de Jesusa que fue bautizada con el mismo nombre que tenía su hermana fallecida. Como en un intento de mantener siempre vivo el recuerdo de la niña muerta. "Al principio me daba mucha impresión ir al cementerio y ver mi nombre escrito en una lápida", comenta Begoña con una ligera sonrisa.

El mortal atentado apenas tuvo repercusión social. El 1 de julio de 1960, La Voz de España publicaba una breve reseña dando cuenta del "sepelio y misa de gloria por la niña Begoña Urrosi" (sic), a la que asistió el gobernador civil de Guipúzcoa, José María del Moral, para dar el pésame a la familia de la chiquilla que "falleció a consecuencia de las heridas recibidas en el criminal atentado". El Diario Vasco, por su parte, insertaba ese mismo día una fotografía del oficio religioso. Pero no hubo manifestaciones públicas, ni actos de repulsa por el asesinato, ni concentraciones ciudadanas. Nada. Sólo el silencio. Un espeso silencio.

Nada más enterrar a su hijita, Jesusa tuvo que afrontar una penosa y dolorosa tarea: hacerse cargo de la consigna de equipajes de la estación de ferrocarril de Amara. "Mi tía Soledad estaba herida y no podía trabajar. Así que yo la suplí hasta que se repuso. Durante aquel tiempo, yo no dejaba que nadie metiera una maleta en la consigna si antes no la abría y enseñaba su contenido. La gente se quejaba y me preguntaba por qué tenía que hacer eso. Si alguien se resistía, unos guardias venían a revisar el equipaje", explica.

"Mis padres sufrieron mucho con la muerte de la pequeñita. A mi padre, eso le quitó media vida. Ella era su niña bonita. Fíjese que era tan así, que poco antes de morir él, hace algo más de un año, nos dijo: 'Ahora me voy a encontrar con mi hija'. Mis padres nunca olvidaron ese tremendo mazazo", dicen los hermanos Jon y Begoña mientras arropan a su amá. Ésta hoy tiene las yemas de los dedos agrietadas y ennegrecidas por una extraña enfermedad que los hijos achacan al estrés que le ha causado el reciente fallecimiento de dos familiares.

La ETA, que en aquellas fechas tenía sólo un año de existencia, no reivindicó entonces la cadena de explosiones y, por tanto, tampoco se atribuyó la colocación del artefacto que mató a la menor. Entonces no se sabía nada de la ETA, aunque poco después empezaron a aparecer panfletos y hojas firmadas con estas siglas, según recuerda la familia Urroz Ibarrola.

Tras un intento fallido de hacer descarrilar en 1961 un tren de ex combatientes de la Guerra Civil, la incipiente organización etarra causó el 7 de junio de 1968 la primera muerte reconocida: la del guardia civil de Tráfico José Ángel Pardines en un tiroteo mantenido en Villabona (Guipúzcoa) con dos individuos que viajaban en un Seat 850 cupé y que le infundieron sospechas. El 2 de agosto de ese mismo año, los etarras cometieron su primer atentado de gran repercusión: el asesinato del comisario Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa, a manos de tres activistas que le esperaron frente a su domicilio en Irún, un chalet llamado Villa Arana, y le acribillaron a tiros.

"Al poco tiempo, nosotros estuvimos convencidos de que la bomba de Amara la puso alguien de la ETA. Y mucha gente también lo pensaba. Pero era algo de lo que nadie hablaba. En aquellos años, nadie hablaba de esas cosas y nosotros decidimos llevar nuestro drama en la intimidad", coinciden los hermanos Urroz, mientras su madre asiente en silencio. A lo largo de los años, nadie se acercó jamás a la familia para darle apoyos o ánimos; ninguna autoridad se interesó por ellos; ninguna asociación cívica les dio respaldo. Y el caso cayó en el olvido, aunque marcó de por vida a los padres y a los hermanos de aquella chiquilla que pereció abrasada en Amara en plena dictadura franquista.

Hasta que en 1992, José Antonio Pagola Elorza, vicario general de la diócesis de Guipúzcoa, publicó el libro La ética para la paz. Los obispos del País Vasco 1968-1992. En este ensayo figuraba una nota a pie de página en la que se mencionaba lo siguiente: "En realidad, parece ser que la primera víctima de una acción terrorista de ETA fue la niña de 22 meses Begoña Urroz Ibarrola, muerta el 27 de junio de 1960, al hacer explosión un artefacto colocado en la estación de Amara (San Sebastián)". Fue la primera mención escrita en la que se apuntaba a la ETA como responsable de aquel crimen inexplicable.

Pagola, hoy ya jubilado de su labor pastoral, aunque sigue publicando libros, recuerda perfectamente cómo tuvo noticias de aquel hecho sangriento: "Me lo contó una catequista que se llamaba Isabel y que me conocía. Era vecina de la familia Urroz. Ella me dio esa información y yo contrasté en la prensa de la época que efectivamente hubo una niña llamada Begoña Urroz Ibarrola que murió en Amara. Pero no indagué más, ni sabía más. Como puede comprobarse fácilmente, en esa nota a pie de página yo decía que 'parece ser', es decir, que no lo daba por seguro porque no tenía más datos".

La catequista Isabel, una mujer hoy entregada a causas solidarias, como el cuidado de enfermos de sida, sigue siendo vecina y amiga íntima de los Urroz. Ella misma confirma que fue quien comentó al vicario Pagola lo que le había ocurrido a aquella niña que vio nacer y que más de una vez correteó por su casa.

El socialista Ernest Lluch, ex ministro de Sanidad con Felipe González, leyó aquel libro de Pagola y decidió indagar más en ese confuso y olvidado atentado ocurrido en el verano de 1960. Lluch, un enamorado de Euskadi, un intelectual que defendía la necesidad de "realizar contactos" entre el Gobierno y la ETA para intentar poner fin al conflicto vasco, investigó aquella pista.

Fruto de sus indagaciones, Lluch publicó en El Correo del 19 de setiembre de 2000 un artículo, titulado La primera víctima de ETA, en el que daba cuenta de sus averiguaciones: "Consultada la biblioteca de los benedictinos de Lazkao, podemos añadir, según recoge la Oficina Prensa Euzkadi del Gobierno vasco en el exilio, que la agencia United Press International lo atribuyó al Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. Ésta era una organización de existencia confusa, por lo que la OPE comenta en su nº 3.189, de 1 de julio de 1960, que 'es difícil pronunciarse sobre su autenticidad'. La publicación del PNV Euzko Deya titula al acto de 'estupidez criminal", explicaba el ex ministro socialista.

"No hemos encontrado ni en Lazkao ni en publicaciones que ETA se atribuyera la colocación de bombas en 1960. El esperable resultado de una muerte especialmente repugnante debió conducir a una discreción absoluta", agregaba Ernest Lluch antes de concluir su artículo así: "Indigno inicio en el pecado original de ETA".

"Yo puse en contacto a Lluch con la catequista que me había contado a mí lo de la niña Begoña", explica el ex vicario general Pagola. Sin duda, ésta enlazó al ex ministro con la familia Urroz, con la que mantuvo correspondencia. La última de las cartas escritas por él a la madre de la menor data del 15 de septiembre de 2000. "Gracias por su colaboración en conocer con más precisión algo que no debe ser olvidado", decía Lluch a Jesusa Urroz, a la vez que le anunciaba: "Paso temporadas en San Sebastián y me gustaría darle un abrazo a quien ha sufrido tanto". Jamás pudo cumplir ese deseo porque un comando etarra le mató a tiros, menos de dos meses después, en el garaje de su domicilio de Barcelona.

El periodista Florencio Domínguez y los profesores universitarios Rogelio Alonso y Marcos García Rey acaban de publicar un libro en 2010, Vidas rotas (Espasa) en el que señalan: "Durante mucho tiempo, el asesinato de Begoña Urroz Ibarrola, al igual que el resto de atentados de aquellos días, fue atribuido al anarquista Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL). ETA nunca asumió la autoría de la colocación de la bomba de Amara, aunque el 29 de marzo de 1992, a raíz de la captura de la dirección de ETA en Bidart (Francia), en el ordenador del jefe del aparato político, José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, fue encontrada una cronología de diversos acontecimientos en la que figura la mención a ese atentado".

"Dos años más tarde", prosiguen los autores de Vidas rotas, "el Anuario del diario Egin correspondiente a 1994 y la obra Euskal Heria y la libertad (Txalaparta, 1994), ambos vinculados a la denominada izquierda abertzale, publicaron un texto similar: se trataba de una cronología de episodios relacionados con ETA en la que se incluía la muerte de Begoña Urroz, aunque no se mencionaba expresamente que hubiese sido obra de la banda terrorista".

La muerte de la pequeña Begoña no fue la única vez que los Urroz sufrieron los zarpazos del terrorismo a lo largo de los años. "Yo tenía una zapatería y dos veces me la destrozaron las bombas que estallaron en una sucursal del Banco Bilbao Vizcaya que había enfrente de mi local", rememora Jesusa.

Juan, Jesusa y sus hijos Begoña y Jon han cargado con su dolor en solitario. "Lo llevas y ya está. Los vascos somos así. Creemos que es algo que tienes que guardarte en tu intimidad", replica Jon, escueto y estoico cuando se le pregunta por qué han actuado así.

"Mis padres sufrían mucho. Hoy lo hablamos y no pasa nada, pero años atrás no se hablaba de estas cosas porque era como ponerte en contra de todo el mundo", remacha Begoña. "Cada vez que había un atentado, mis padres se acordaban de mi hermana... y era terrible", agrega. "En la sociedad en que vivían aquí no se podía hablar. Para mis padres era como un secreto, como una herida, como si encima ellos fueran culpables. Tanto es así, que yo tengo amigos y gente conocida que no sabían nada de lo que nos había pasado", explica.

Hay vecinos de la familia que han conocido este hecho cuando murió Juan Urroz, hace algo más de un año. Durante el funeral, el sacerdote oficiante pidió a los feligreses que dieran su respaldo y su apoyo incondicional a esa familia que tanto había sufrido. El cura explicó que decía eso no sólo por el fallecimiento del cabeza de familia, sino por el dolor que desde hace 50 años se habían visto obligados a arrostrar por la muerte de la pequeña Begoña por un bombazo de ETA. "Y citó a ETA públicamente en la iglesia", recalcan los Urroz.

El recuerdo de aquella niña de 22 meses que pereció abrasada por una mano criminal ha estado tan vivo, tan presente, en la existencia de esta familia que incluso decidieron incluir su nombre en la esquela que daba cuenta del fallecimiento de su padre. "Pusimos el nombre de su viuda y después el de sus hijos: Begoña, con una cruz entre paréntesis para indicar que estaba muerta; después el mío, que me llamo también Begoña, y el de mi hermano Jon. Al verla, mucha gente nos preguntó cómo era posible eso, que si no había un error en la esquela del periódico... Y así fue como se enteraron de lo que pasó hace cincuenta años", relata Begoña, funcionaria municipal.

¿Pero nunca hubo nadie que se prestara a ayudarles? ¿Jamás ninguna autoridad se dirigió a los Urroz Ibarrola? ¿Por qué éstos no reclamaron nada ni buscaron al menos el reconocimiento del Gobierno como víctimas del terrorismo? "Yo recuerdo que, hace unos años, mis padres contrataron a un abogado para que moviera el asunto, pero no consiguieron nada y se acabaron cansando. ¿No lo recuerdas, amá? ¿No tienes guardados los papeles que manejó aquel abogado?", pregunta Begoña a su madre. Pero ella responde que no recuerda nada, que ha pasado demasiado tiempo, que ya no tiene la memoria que tenía antes... La hija, entonces, rebusca por los cajones y solamente halla añejos recortes de periódicos y cartas amarilleadas por el transcurso de los años, pero no encuentra ningún escrito del abogado al que ha recordado durante la conversación.

Después de cinco décadas de silencio y olvido, la alcaldesa de Lasarte, la socialista Ana Urchueguía, tiene previsto celebrar el próximo 14 de febrero un acto de homenaje a las víctimas del terrorismo que vivían en este municipio o que tenían alguna vinculación con él.

"La iniciativa ha partido de una moción presentada por el grupo municipal del PSE-EE, considerando que es el calor que necesitan las víctimas, sus familias y personas más queridas, y el gobierno más cercano a ellos, su Ayuntamiento, es quien tiene que demostrarlo de una forma indeleble", ha explicado el consistorio.

La moción fue aprobada el 30 de diciembre pasado con los votos favorables del PSE-EE, PP y la Plataforma Ciudadana Lasarte-Oria y la abstención de Eusko Alkartasuna y Ezker Batua. Los ediles no adscritos y los del PNV no asistieron a la sesión. La alcaldesa criticó la ausencia de estos últimos: "Considero al PNV un partido democrático y quiero denunciar públicamente que no hayan venido a defender su postura, sea cual sea, máxime cuando ETA asesinó a un compañero de corporación", según consta en la web oficial. "A pesar del sufrimiento de la sociedad, el grupo municipal socialista de Lasarte-Oria cree que hoy día queda pendiente un reconocimiento claro y explícito a todos estos ciudadanos que dieron su vida en defensa de la libertad y la democracia".

El Ayuntamiento colocará en su sede una placa conmemorativa "como reconocimiento institucional del valor humano en su máxima expresión y por la dignidad con que han sufrido un mal inconmensurable en nombre de todos". Uno de los nombres que figurará en esa lápida será el de la pequeña Begoña, aquella niña muerta en 1960.

"Nos informaron de este acto en el Ayuntamiento y nos preguntaron si mi madre estaría dispuesta a asistir al mismo, teniendo en cuenta que es ya una mujer muy mayor", revelan los hermanos Urroz. "Claro que voy a ir. Por supuesto que voy a ir", tercia rápidamente Jesusa, que conserva una energía y un coraje revelador de la fuerza personal que tuvo que tener en su juventud.

La familia considera que ya es hora de que alguien, alguna autoridad, tenga un gesto hacia ellos. "No queremos dinero ni nada de eso, ¿eh? Nunca viene mal, claro, pero afortunadamente no lo necesitamos. Estamos hablando de otra cosa", remarca Jon. Pero al final han decidido romper el muro de silencio para honrar a su niña.

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Hombres, mujeres y niños asesinados por la ETA: 361 civiles, 97 militares, 209 guardias civiles, 149 policías nacionales, 16 policías autonómicos, 25 policías municipales, 21 vidas de niños segadas por la ETA, más los asesinatos no reivindicados por la ETA, además del de Begoña Urroz Ibarrola

EL PAÍS J. P. - Madrid - 24/01/2010

Begoña Urroz Ibarrola fue la primera víctima de la ETA. Era el 27 de junio de 1960 y ella tenía sólo 22 meses. Murió alcanzada por una bomba en la estación de Amara de San Sebastián, aunque la ETA nunca asumió la autoría de su asesinato. Fue un asesinato vergonzante no exhibido, ni reivindicado como una hazaña por la ETA.

Con ella arrancó una lista de 857 hombres, mujeres y niños muertos en atentados cometidos por las diversas ramas de la organización terrorista y otras siglas nacidas de su entorno.

El enorme coste humano y político del terrorismo etarra desfila por las páginas de un libro que se publicará la semana próxima, Vidas rotas (Editorial Espasa). La crónica se abre con Begoña Urroz, la primera, también, de las 21 vidas de niños segadas por la ETA. Los relatos se cierran con los guardias civiles Carlos Enrique Sáenz de Tejada y Diego Salvà, asesinados en Calvià (Islas Baleares) el 30 de julio de 2009. Se menciona igualmente la identidad de miles de heridos.

Los autores presentan el nombre de cada víctima y el relato del crimen uniéndolo a los nombres de sus asesinos, siempre que esto último haya podido clarificarse judicialmente. "Los victimarios, desprovistos de su confortable anonimato, deben mirarse en el espejo de esas víctimas de carne y hueso que con tanta crueldad han provocado", afirman los autores, Florencio Domínguez, Rogelio Alonso y Marcos García, que citan unas palabras de José María Múgica al cumplirse 13 años del asesinato de su padre, Fernando Múgica Herzog: "Hay que saber quién murió y quién mató".

La base documental así confeccionada supone una impactante crónica histórica. Ante todo, de cada uno de los 361 civiles, 97 militares, 209 guardias civiles, 149 policías nacionales, 16 policías autonómicos y 25 policías municipales asesinados por la ETA en 50 años de actividad. La brutalidad del sufrimiento sembrado se une al recuerdo de que la mayoría de la actividad terrorista ha sido dirigida contra la democracia. Once personas murieron a manos de la ETA en 1977, el año de las primeras elecciones; 68 en el año de la Constitución (1978), 80 en el del estatuto vasco (1979); 98 en 1980, el año previo a la intentona golpista del 23-F, y otras 32 en 1981, el año del golpe. Los asesinatos continuaron en los siguientes, con las excepciones de 1999, 2004 y 2005.

"La democracia española ha contraído una deuda de gratitud con los familiares y seres queridos de quienes han sufrido tanto dolor", afirman los autores, que piden "el reconocimiento del inmenso sufrimiento padecido por quienes vieron cómo sus allegados fueron vilmente asesinados por un grupo terrorista enemigo de la libertad". El drama de los afectados, "cuya ejemplar reacción cívica tanto ha contribuido al fortalecimiento de la democracia en nuestra nación", impone "obligaciones morales y políticas que una sociedad democrática como la española no puede eludir".

Las 1.310 páginas también contribuyen a recordar, en carne viva, que la historia y la política del País Vasco no pueden entenderse sin aceptar el vasto coste humano del terrorismo. Por eso, los autores esperan que su trabajo "coadyuve a exponer las terribles secuelas provocadas por la violencia etarra", exhibiendo "la verdadera naturaleza del llamado conflicto vasco".

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Asesinados por la ETA en la época de Franco

Con anterioridad a la muerte de Franco, 20.11.1975, la ETA asesinó al Almirante Carrero Blanco, a la niña Begoña Urroz, al guardia civil José Pardines, al policía Melitón Manzanas, al taxista Fermín Monasterio, al municipal Eloy García, al obrero Fernando Quiroga, al obrero Jorge Juan García, al obrero José Humberto Fonz, al conductor José Luis Pérez Mojena, al policía Juan Antonio Bueno, al guardia civil Gregorio Posadas, al guardia civil Manuel Pérez, al guardia civil Martín Durán, al panadero Baldomero Barral, al camarero Gerardo García, al camarero Miguel Llanes, al cocinero Francisco Gómez, al ferroviario Antonio Lobo, al agente comercial Luis Martínez, a la telefonista María Jesús Arco, al ama de casa María José Pérez, a la estudiante María Ángeles Rey, a la maestra Francisca Baeza, a la administrativa Concepción Pérez, al mecánico Antonio Alonso, al guardia civil Jerónimo Vera, al guardia civil Luis Santos, al guardia civil Argimiro García, al policía José Díaz, al policía José Ramón Morán, al guardia civil Andrés Segovia, al policía Fernando Llorente, al guardia civil Domingo Sánchez, al guardia civil Mariano Román, al policía Ovidio Díaz, al obrero Fernando Fernández, al conductor de autobús Carlos Arguimberri, al taxista Francisco Expósito, al guardia jurado Demetrio Lesmes, a los guardias civiles Esteban Maldonado, Jesús Pascual Martín y Juan José Moreno, al taxista Germán Aguirre, a los guardias civiles Manuel López Treviño y Manuel Vergara, y a los alcaldes Antonio Echevarría y Víctor Legorburu
(como recoge Alfonso Ussía en La Razón el 29.01.2010:
http://www.larazon.es/noticia/7081-gala ).

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Ni comprendo, ni comparto

ABC Sábado, 30-01-10

El 30 enero de 1998, Mikel Azurmendi Peñagaricano y José Luis Barrios Martín asesinaron en Sevilla a Alberto Jiménez-Becerril Barrio y a su esposa Ascensión García Ortiz. Por ese execrable crimen fueron condenados a 60 años como autores materiales de los disparos que acabaron con la vida de tan ejemplares ciudadanos. Maite Pedrosa Barrenechea fue condenada a sólo diez años de prisión por un delito de conspiración para cometer homicidio terrorista; no había participado directamente en la acción terrorista, aunque sí formaba parte del mismo comando. Posteriormente, la Sala Penal del Tribunal Supremo elevó la pena de diez a doce años. Aquella noche, 30 de enero de 1998, Azurmendi disparó primero a Alberto; Barrios disparó después a Ascen, cuando trataba de socorrer a su marido.

Meses después, Barrios el etarra asesino, se presentó como número tres y fue elegido parlamentario por Euskal Herritarrok (EH). Tomó posesión del cargo en el Parlamento Navarro a donde fue conducido desde la cárcel de Pamplona, a la que volvió el asesino confeso y convicto, que no demostró arrepentimiento, ni pedió perdón. Actualmente está en Alcalá-Meco.

Azurmendi y Pedrosa tampoco han mostrado nunca discrepancia alguna con la dirección de ETA, ni se han desmarcado de la violencia que practica la banda armada, ni tampoco han pedido perdón o manifestado arrepentimiento alguno. Se dice de ellos que pertenecen al sector más «duro» de la banda. Los tres formaban el «comando Andalucía». Hay que decir, que el «comando Andalucía» cometió diversos atentados en nuestra tierra con resultado de varias muertes, y también querían secuestrar a un concejal andaluz y hacer lo mismo que con Miguel Ángel Blanco. Habían previsto secuestrarlo en un pueblo y dar un ultimátum al Gobierno, con un breve periodo de tiempo. Además, estos tres asesinos tenían un largo historial delictivo en el país Vasco y Madrid, con más atentados, más muertes, destrucción y sufrimiento.

La Guardia Civil detuvo el 21 de marzo de 1998 a los tres terroristas en Sevilla, en el interior de un piso de la calle José Lagillo. La detención fue posible gracias al gran trabajo de nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que perfectamente coordinados venían siguiendo a una autocaravana procedente de Francia. Revista Nº 47/Marzo 1998 «En Portada» publicaba: «En el momento en que los terroristas franceses fueron sorprendidos por la Policía se encontraban transbordando el material de la autocaravana hasta una furgoneta con matrícula de Sevilla. Los funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía descubrieron en el interior de la autocaravana el siguiente material: 250 kilogramos de explosivo plástico, 26 detonadores, 15 granadas anticarro, otras 15 granadas antipersonales, 17 temporizadores para una hora, 14 temporizadores para 24 horas, tres cargadores de pistola, un revólver calibre 22 milímetros, una caja de munición para el mismo, 30 metros de cordón explosivo y placas de matrícula nuevas. El material incautado por la Policía estaba destinado a la comisión de atentados terroristas que llevarían a cabo los miembros del «comando Andalucía»».

El «comando Andalucía» eran Arzumendi, Barrios y Pedrosa, que a distancia observaban lo que sucedía, y se dieron a la fuga. Momentáneamente lograron escapar, aunque poco después se produjo la detención de los tres terroristas, y una gran suerte para todos nosotros, porque hubiera sido inimaginable lo que estos asesinos hubieran sido capaces de hacer con el material incautado.

Indico estos detalles, porque quiero reflejar la clase de individuos a la que nos estamos refiriendo. Pues bien, hace unos meses, 05-05-2009, pudimos leer una información de Europa Press con el siguiente titular «Los presos de ETA Mikel Azurmendi y Maite Pedrosa son trasladados a la cárcel de Granada tras ser padres». Y después continuaba la información: «La pareja de presos de ETA formada por Mikel Azurmendi y Maite Pedrosa ha sido trasladada a la cárcel de Albolote, en Granada, tras haber sido padres y contar esta prisión con un módulo en el que podrá cuidar de su hija hasta que cumpla tres años, informaron fuentes penitenciarias. La decisión de agrupar a Azurmendi y Pedrosa lleva la firma del juez central de Vigilancia Penitenciaria». Me pareció que dicha información no podía ser cierta, que se trataba de un error informativo. Pues no, el error era mío, porque, continuaba la información «Azurmendi y Pedrosa no habían necesitado ser padres para poder estas juntos. Ambos ya estaban en la misma prisión, la de El Acebuche (Almería) desde 2003 para facilitar el cumplimiento del auto del juez de 1999 en el que reconocía su derecho a comunicarse. El auto fue dictado al poco de ser condenados por los asesinatos de Sevilla».

Hablar o escribir de este tema puedo asegurar que más que desagradable, es desgarrador. Ocurre sin embargo que no podemos dar la espalda al terrorismo, que sigue estando ahí, y entiendo en conciencia, que hemos de denunciar hechos que nos parecen incomprensibles. Y más, si como indicaba anteriormente, estos terroristas no han pedido perdón nunca, ni mostrado arrepentimiento, ni discrepancias con sus jefes. Porque hemos de recordar, que la primera víctima mortal de ETA fue Begoña Urroz Ibarrola, tenía 22 meses, por bomba en una estación de tren. Ocurrió en San Sebastián el 27 de junio de 1960, hace ahora casi 50 años. Y desde entonces han asesinado a casi 900 personas en casi 4000 atentados. Las últimas, si no recuerdo mal, dos guardias civiles de 27 y 28 años, en Mallorca, el 30 de julio de 2009. Y si no matan más es por que no pueden. Hoy, día 30 de enero de 2010, conmemoramos el décimo segundo aniversario del atentado que nos dejó sin Alberto y Ascen. Y los que no tenemos el corazón de hielo no podemos mirar hacía otro lado, porque sería traicionar su memoria, y también una traición a sus familias, y a todos nosotros. Porque aquellos que no recuerdan a los suyos, no son dignos ni de citar su nombres.

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