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¿La resurrección de Jesús es lo más importante?

La Resurrección de Resurrección de Jesús, el Verbo hecho carne, es el principio de la plenitud consumada del Reino de Dios en nuestra alma, en las de todos los demás y en todas las naciones
Si se subraya que Jesús resucitó, se está testimoniando que primero murió. No se puede obviar la muerte de Jesús, el Verbo hecho carne. Hay que agradecérselo en todo momento, pidiéndole su reino.

No sólo hay causas eficientes, sino también causas finales. Si nos acordamos de que no somos mecanicistas.

"El bien en cuanto tal es difusivo" (SEUDODIONISIO AEROPAGITA, De Divinis Nominibus, IV, 1: PG 3, 693B)
(Santo Tomás, Cont. Gent. I, c.37. Summa Theol., 1, q.20, a.1 ad 3; Ibíd., q.60, a.3, ad 2; 1-2, q.28, a.1 sed contra; In III Sent., d.27, q.1, a.1).

“Aunque el sentido propio del término difundir parece implicar la operación de la causa eficiente, sin embargo, en un sentido lato puede entrañar la referencia a cualquier causa, así como influir, hacer y otros términos semejantes. Así, pues, cuando se dice que el bien es difusivo según su concepto propio, no debe entenderse la efusión en cuanto implica la operación de la causa eficiente, sino en cuanto implica la referencia a la causa final, y tal difusión no requiere de ninguna potencia sobreañadida al ente. Y el bien supone capacidad difusiva a modo de causa final y no como causa agente, ya sea porque el agente, en cuanto es tal, no es la medida y perfección de la cosa, sino su inicio, ya sea porque el efecto participa de la causa agente sólo en cuanto a la asimilación de la forma, en cambio la cosa alcanza el fin según todo su ser, y en esto consistía la razón de bien”.
(Santo Tomás, De Verit., q.21, a.1 ad 4).

Cuando Canals dice que la muerte de Cristo se ordena a su resurrección, está claro que habla de la causa final.

Lo mismo que cuando dice:

"Por la muerte redentora de Jesucristo ha llegado su Resurrección, que es el principio de nuestra salvación en la reinstauración de todas las cosas en el orden divino".
(Francisco Canals Vidal (1922 † 2009) •
Actualidad de la reparación • Conferencia pronunciada por Canals el 31 de mayo de 1991 en el Monasterio de las Salesas de Barcelona • Publicada en la Revista Cristiandad de Barcelona, núm. 728, enero de 1992, págs. 9 - 14).

Por consiguiente, la Resurrección de Cristo es el principio de la plenitud consumada del Reino de Dios en nuestra alma, en las de todos los demás y en todas las naciones.

Como causa eficiente, la Resurrección de Jesús, el Verbo hecho carne, es lo más importante como testimonio para nosotros, para confirmarnos en la fe y alimentar nuestra esperanza y alegría.

«Para vosotros en primer lugar ha resucitado Dios a su Siervo y le ha enviado para bendeciros, apartándoos a cada uno de vuestras iniquidades».
(Hch 3,26).

Como causa eficiente y meritoria, lo más importante en sí es que Jesús es Dios y murió en la cruz por nosotros y así nos mereció nuestra salvación y nos salvó.

La pasión y muerte de Jesús, el Verbo hecho carne es la causa eficiente de nuestra salvación y también causa ejemplar y meritoria: nos mereció nuestra salvación, siendo la naturaleza divina del Señor la causa principal y su naturaleza humana, causa instrumental. (S Th III, 48, 1).

La Resurrección de Jesús, el Verbo hecho carne, es también causa eficiente y ejemplar de nuestra salvación, pero no meritoria, no nos la mereció (S Th III, q. 56, art. 1 ad 3 et ad 4).

Y lo mismo la ascensión al cielo de Jesús, el Verbo hecho carne es causa efuciente de nuestra salvación, pero no meritoria, no nos la mereció (S Th III, q. 57, art. 6 ad 1), como sí fue meritoria Su pasión y muerte.

Para nosotros, pecadores y hombres de poca fe, la Resurrección de Jesús, el Verbo hecho carne, desmiente la apariencia de que, al haber muerto a manos de sus enemigos, no es el Mesías, no es el Hijo de Dios, no es Dios; como pareció evidenciarse ya en el momento de su muerte en el Calvario para todos sus enemigos y para casi todos sus seguidores, con la pequeña excepción de los que, aunque abrumados por el dolor aplastante, estaban inmersos en un amor ardiente. Cuando los seguidores de Jesús, el Verbo hecho carne, evidenciaron que Él había resucitado, entonces creyeron que sí era verdad que era Dios, como confiesa humildemente san Juan apóstol y evangelista.

"Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo,
y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó,
pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos".
(Jn 20,3-9)

Este texto parece indicar que lo que san Juan vio y le convenció fue "el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte". Porque las vendas en el suelo ya las había visto desde fuera del sepulcro; pero cuando san Juan dice que "vio y creyó" es después de mencionar "el sudario... plegado en un lugar aparte", que él vio cuando entró, después de esperar fuera y dejar entrar primero a san Pedro.

Y así creyeron que su muerte fue consentida y ofrecida por Él para salvarnos.

«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.Yo doy mi vida por las ovejas. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla.
Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».
(Jn 10,11;10,15;10,17-18. Bibl CEE)

Fue la resurreción de Jesús, el Verbo hecho carne, lo que a ellos y a nosotros nos dio a comprender el sentido y el significado de su muerte. El significado que su muerte tenía ya en sí misma, pero que gracias a su resurrección no queda frustrada para nosotros, sino que en este sentido la resurrección de Jesús, el Verbo hecho carne, perfecciona su muerte, la completa como acto acabado.

"La Resurrección de Cristo es, en el plan divino, la causa definitiva de nuestra salvación. La muerte redentora habría quedado incompleta y frustrada en aquello a que estaba ordenada por designio divino si Cristo no hubiese resucitado".
(F. CANALS, Obras Completas, tomo 4A, pág. 558).

"El acontecimiento salvífico definitivo, al que se ordenan todos los anteriores y especialmente el sacrificio por la muerte redentora en la cruz, es el de la resurrección de Cristo... A la resurrección precede, advierte el Catecismo, la muerte y sepultura de Jesús".
(F. CANALS, Obras Completas, tomo 4A, pág. 264).

Es la sangre de Cristo lo que nos salva, nos redime y nos abre las puertas del cielo. Y es la sangre de Cristo la causa eficiente de nuestra fe en Jesús y en su resurrección; es Jesús, el Verbo hecho carne, con su muerte el que nos da la fe en su resurrección y todas las gracias.

La muerte por nosotros de Jesús, el Verbo hecho carne, es la expresión del amor que nos tiene. Un amor con locura. Como es el amor verdadero. Y es la expresión y la prueba máxima del inconcebible amor de Dios Padre al entregar a su Hijo a la muerte en el abandono para rescatarnos a nosotros pecadores.

Estas expresiones divinas de amor infinito son las que nos hacen confiar en ese amor, pues nos lo han demostrado hasta el extremo.

La muerte de Jesús, el Verbo hecho carne, al testimoniar su amor, causa nuestro amor.

Su resurrección es causa eficiente de nuestra esperanza y de nuestra alegría.

Jesús es Dios y murió por nosotros y así nos mereció la misericordia infinita de Dios para perdonarnos todo siempre y concedernos el gozo eterno del cielo, es decir, gozar para siempre del mismo Dios, y salvarnos del infierno, que es la privación eterna de Dios, cuya posesión y gozo es lo único que nos puede satisfacer, como experimentaremos eternamente después de esta vida; tras la cual, también la privación de Dios se experimenta como totalmente insoportable en cada instante de la eternidad, en el eterno instante. De esto es de lo que Jesús, el Verbo hecho carne, con su muerte nos ha salvado si, por obra de su gracia, queremos. Y con su resurrección lo hemos sabido si, por obra de su gracia, creemos el testimonio que da la Iglesia desde el principio.


Hace años que quieren borrar la muerte de Cristo. Hasta hablan de la Resurrección para eclipsar y cancelar la muerte redentora de Jesús por nosotros. Cuando en realidad Jesús resucitado se presenta con sus llagas. El ángel le llama el Resucitado. Jesús mismo muestra las llagas de su crucifixión y de su Pasión. A santo Tomás le dice: trae tus dedos, mételos en los agujeros de mis manos. Trae tu mano, métela en mi costado. La Resurreción no cancela ni borra la Pasión y muerte de Jesús. El sacrificio de Jesús, el Verbo hecho carne, es definitivo. Se reproduce cada día en las misas de todo el mundo del uno al otro confín. Jesús resucita por nosotros, para nosotros, para hacernos un favor más. Resucita con las heridas mortales mediante las que nos salvó. Ambas cosas son imborrables. Su muerte en sacrificio y nuestra redención.

Si se subraya tanto que Jesús resucitó, se está testimoniando que primero murió. No se puede obviar la muerte de Jesús, el Verbo hecho carne. Hay que agradecérselo siempre y en todo momento.

Jesús, el Verbo hecho carne, resucitó para nosotros, porque primero murió por nosotros. Y resucitado, tiene en su cuerpo glorioso las heridas de los clavos; y de la lanzada en el Corazón.

Jesús, el Verbo hecho carne, resucitó para nosotros y no para su sola gloria. Su persona, Dios Hijo, ya tiene toda la gloria infinita de su naturaleza divina, de ser Dios. Y así como asumir la naturaleza humana por su Encarnación no le añade perfección alguna a la perfección infinita de su naturaleza divina, de ser Dios, la gloria de su naturaleza humana resucitada no le añade gloria a la gloria infinita que tiene por su naturaleza divina. Aunque ciertamente la naturaleza humana de Jesús, el Verbo hecho carne, debía ser resucitada, no se iba a quedar muerta, ni se iba a dejar así. Jesús ya había anunciado que iba a morir en el martirio y después resucitar.

Jesús, el Verbo hecho carne, resucitó para que nosotros creamos en Él y esperemos nuestra propia resurrección y murió para obedecer y así merecernos nuestra salvación y así resucitar después, como se ha citado antes que dice en el evangelio del Buen Pastor:

«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.Yo doy mi vida por las ovejas. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla.
Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».
(Jn 10,11;10,15;10,17-18. Bibl CEE)

Nosotros tenemos fe por el testimonio de su resurreción, porque Jesús, el Verbo hecho carne, con su muerte nos ganó la gracia de esa fe y todas las gracias. Sin la gracia no podemos tener fe. Sin la gracia no podemos creer en la resurreción de Jesús por mucho que nos la testimonien. Y no podemos tener fe sin la muerte de Jesús, el Verbo hecho carne, ni si rechazamos esa fe cuando Dios nos la da por los méritos de Cristo, que nos ganó esa fe en la cruz.

El dato de la fe es el más seguro, mucho más que cualquier evidencia y testimonio y que cualquier certeza metafísica, como enseña santo Tomás constantemente.

La fe suple nuestra humana deficiencia y, sabiendo por la fe que Jesús es el Verbo hecho carne, es Dios, entonces no extraña su resurrección, es completamente lógica, es consecuencia lógica de que Jesús es Dios. Lo asombroso es la muerte de Jesús, el Verbo hecho carne. Sí, ya sabemos que padeció y murió como hombre; que padeció y murió en su naturaleza humana. Pero quien sufre los tormentos y la muerte es la persona, es Jesús, el Verbo hecho carne. Sufre los tormentos y la muerte la persona, que es divina. Uno de la Trinidad padeció y murió. El Verbo se hizo carne para tener un cuerpo que pudiera padecer y morir y así ser obediente hasta morir por nosotros en medio de los más atroces padecimientos físicos, morales y espirituales. Locura. Locura de amor.

Lo que se celebra en la misa, por mandato de Jesús, el Verbo hecho carne, es el sacrificio de su pasión y su muerte en el Calvario. La entrega de su cuerpo a la tortura y a la muerte y de su sangre a ser derramada, como dijo en la última Cena al instituir la Eucaristía, y vuelve a decir por boca del sacerdote celebrante en la consagración de la misa. Y proclama su resurrección.

San Pablo nos trasmite la palabra de Dios de que al evangelizar no quería saber nada más que a Jesucristo crucificado. Y como es palabra de Dios, es para que nosotros hagamos lo mismo en la nueva evangelización.

"Yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado.
(1 Cor 2,1-2)

Para incensar el cirio pascual, no se debe pasar de largo ante el crucifijo y el sagrario. El cirio representa simbólicamente a Jesucristo resucitado. El crucifijo es la imagen de Jesucristo crucificado, muriendo antes de resucitar. En el sagrario está la realidad de Jesucristo, la realidad de su cuerpo resucitado con las heridas de la crucifixión y de la lanzada y la realidad de su sangre derramada hasta la última gota al morir, antes de resucitar. La realidad, mucho más que el símbolo y que la imagen.

La realidad es el cuerpo de Cristo (Col 2,17).

Santo Tomás de Aquino, siguiendo la formulación de san Cirilo, aprobada en el concilio de Éfeso, atribuye a la persona divina del Verbo los padecimientos de Cristo en la pasión y la crucifixión:

"Como más arriba se dijo (S Th III, q 2, art 1c, et ad 2,3,6), la unión de la naturaleza humana y la divina se hizo en la persona e hipóstasis y supuesto, salva, sin embargo la distinción de las naturalezas, de manera que una misma sea la persona e hipóstasis de la naturaleza humana y de la divina; pero salvas también las propiedades de una y otra naturaleza. Y por eso, como arriba se dijo, se atribuye al supuesto de naturaleza divina la pasión, no por razón de la naturaleza divina, que es impasible, sino de la naturaleza humana. Por donde dice san Cirilo en su Epístola Sinodal (E. 17 Ad Nestorium anathematismus 12, MG 77,121):
«Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios padeció en la carne y en la carne fue crucificado, sea anatema».
Pertenece, pues, la pasión de Cristo al supuesto de naturaleza divina por razón de la pasible naturaleza humana que había asumido, aunque no por razón de la naturaleza divina impasible.
(S Th III, 46, 12 c).

Y añade a continuación:

"Se dice que el Señor de la gloria fue crucificado, no en cuanto es Señor de la gloria, sino en cuanto hombre pasible".
(S Th III, 46, 12, ad 1).

Y cita la expresión muerte de Dios empleada en un sermón pronunciado en dicho concilio de Éfeso, en el mismo sentido, porque fue a Dios al que infligieron las injurias:

"Se dice en un sermón del Concilio Efesino que "la muerte de Cristo, que viene a ser la muerte de Dios por razón de la unión en la persona, porque era Dios y hombre el que la padecía. No que padeciese daño la naturaleza divina, ni experimentase cambio alguno en la pasión". (S Th III, 46, 12, ad 2).
(El sermón es de Teodotus Ancyrae, P.3, c.10, homil 2 In Natalicio Salvatoris, MG 77,1384).
"En el mismo sermón se añade: "no a un puro hombre crucificaron los judíos, sino que fue a Dios al que infligieron las injurias".
(S Th III, 46, 12, ad 3).

Nuestra redención podía en principio haber sido de otra manera no tan cruenta, pero, como explica santo Tomás de Aquino (S Th, III, 46, 1 C), fue necesario que Jesús, el Verbo hecho carne, padeciese por la liberación del género humano por razón de un fin que era cumplir la decisión divina sobre la pasión de Cristo preanunciada en las Escrituras y prefigurada en las observancias del Viejo Testamento.

Estar profetizados los padecimientos de Cristo, significaba que era decisión divina que nuestra redención la realizase Cristo siendo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Y de ahí las frecuentes expresiones que aparecen en los evangelios de que esto se hizo para cumplir las Escrituras en tal lugar y en tal otro. Era cumplir la voluntad divina y obedecer estrictamente. Santo Tomás trae allí mismo como resumen estas palabras de Jesús, el Verbo hecho carne, cuando ya resucitado no convivía con sus discípulos y que pone san Lucas al final de su evangelio:

«Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí"».
Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo:
«Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén» (Lc 24, 44-47).

La acción redentora de Cristo, acaecida una vez para siempre en la Cruz, y sacramentalmente siempre presente y operante en la Iglesia, sana precisamente esa herida del sujeto en la que se origina la devastación de lo humano. Y la Iglesia existe para esto: para hacer presente, aquí y ahora, la acción redentora de Cristo.

«Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos» [2 Tim 2, 8], escribe Pablo a su discípulo Timoteo.

¡Ay, si la memoria de la Iglesia tiene otros contenidos!


(Cardenal Carlo Cafarra, texto de su conferencia "La devastación de lo humano", preparada para el 10.09.2017, y leída ese día como testamento espiritual, tras su muerte el 6.09.2017.
http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=30409 )


Jesús, el Verbo hecho carne, tenía presente que venía a padecer y morir por nosotros. Ya desde el primer instante de la Encarnación es obediente hasta la muerte de cruz:

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios, entonces yo digo: «Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 39,7-8).

Al entrar en este mundo, dice: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!». Dice primero: «Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron» -cosas todas ofrecidas conforme a la Ley-. «Entonces, -añade- he aquí que vengo a hacer tu voluntad». Abroga lo primero para establecer lo segundo (Heb 10,5-9).

Y desde que se autorrevela en las bodas de Caná ya está claro que o creerán en Él, o querrán matarle. Tendrá que andar huido y escondido hasta que llegue la hora de la pasión. Más de una vez se tendrá que escapar de las manos de los que ya querían matarle.

Y en la transfiguración nos da a conocer que de eso tan asombroso, de su muerte, era de lo que se hablaba en el cielo:

Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén (Lc 9,29-31).

Varias veces preanunció Jesús, el Verbo hecho carne, a los apóstoles que Él iba a padecer la muerte a manos de sus perseguidores. Y que iba después a resucitar. Y el evangelio reitera que los apóstoles no lo entendían. No les cabía en la cabeza. Y san Pedro trató incluso de convencerle a Jesús, el Verbo hecho carne, de que evitara esa muerte.

La respuesta de Jesús fue decirle a san Pedro y a nosotros que eso de obviar u omitir su muerte era de Satanás.

Jesús, el Verbo hecho carne, le llama Satanás a quien omite su muerte.

Y después de su resurrección Jesús, el Verbo hecho carne, les explicó a los de Emaús que el martirio del Mesías estaba anunciado en la Sagrada Escritura para resucitar después. Con esto concuerda el texto de Canals citado arriba: que la muerte de Cristo está ordenada a su resurrección:

El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!
¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria
(Lc 24,25-26).

Jesús, el Verbo hecho carne, nos salvó con su muerte y hace que lo sepamos con fe por su resurreción y así podamos beneficiarnos de la salvación que nos ganó en la cruz.

Gracias Señor Jesús por tu resurrección.

Gracias amor Jesús por tu muerte.


"Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora, en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, Dios os ha reconciliado para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche, a condición de que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que habéis escuchado: el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo, del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor". (Col 1,21-23).


"Fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación". (Ap 5,9).

«Toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz».
(San Pablo VI, Encíclica Mysterium fidei de 3.9.1965, MF 4).


Dice santo Tomás que la Encarnación es lo más inconcebible por el entendimiento humano.

El Verbo se hizo carne para morir por nosotros, para tener un cuerpo humano que pudiese, suprema locura, padecer y morir. Pero quien padece y muere es la persona; y la persona de Jesús, el Verbo hecho carne, es la divina segunda persona de la Santísima Trinidad. Y esto parece más inconcebible que asumir una naturaleza humana. Parece más inconcebible que Dios sufra atroces padecimientos, físicos, morales y espirituales, como padeció Jesús, siendo Dios verdadero, hasta morir en el abandono y desolación total de la noche oscura del alma; posiblemente con el "eclipse" de la presencia permanente de la divinidad al alma humana de Jesús. Pero es que en la Encarnación no sólo entra en juego la omnipotencia divina, ante la que no parece que es nada dificil para Dios "hacerse hombre", sino que entra en juego la asunción de la naturaleza humana por la segunda persona divina, la cual queda sometida en su naturaleza humana a todas las situaciones y circunstancias propias de la humana especie, su modo y su orden tan inferiores, desde ser un embrión en las entrañas de una mujer hasta la Pasión y la Muerte. Por eso explica santo Tomás que la Encarnación, al ser lo más inconcebible, incluye todo lo inconcebible de la vida de Jesús, el Verbo hecho carne.

El misterio de la Encarnación "es, entre todas las obras divinas, el que más excede la capacidad de nuestra razón, pues no puede imaginarse hecho más admirable que este de que el Hijo de Dios, verdadero Dios, se hiciese hombre verdadero. Y siendo lo más admirable, se seguirá que todos los demás milagros estarán relacionados con la verdad de este hecho admirabilísimo porque: «lo supremo de cualquier género es causa de lo contenido en él» (Aristóteles, Metafísica I)" [Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 27].

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Los padecimientos de Jesús, el Vebo hecho carne, por nosotros

Padecimientos espirituales de Jesús, el Verbo hecho carne, en su dolorosa Pasión y muerte por nosotros

La noche oscura del alma. La desolación total. El abandono

Padecimientos espirituales de santa Faustina Kowalska

(Diario de santa Faustina Kowalska, 68-82///96-103)

De repente el alma pierde la presencia de Dios. En el lugar de la anterior presencia de Dios ha entrado la aspereza y la sequía espiritual, no encuentra satisfacción en los ejercicios espirituales, no puede rezar, ni como antes, ni como oraba ahora. Lucha por todas partes y no encuentra satisfacción. Dios se le ha escondido y ella no encuentra satisfacción en las criaturas, y ninguna criatura sabe consolarla. El alma desea a Dios apasionadamente, pero empieza a sentir la justicia de Dios. Ve como si hubiera perdido todos los dones de Dios, su mente está como nublada, la oscuridad envuelve toda su alma, empieza un tormento inconcebible. Satanás comienza su obra.

La fe queda expuesta al fuego. El alma es tentada de incredulidad. La lucha es dura, el alma hace esfuerzos, persevera junto a Dios con un acto de voluntad. Con el permiso de Dios, Satanás sigue más adelante, la esperanza y el amor están puestos a prueba. Estas tentaciones son terribles, Dios sostiene al alma ocultamente. En sus oídos suenan palabras de las cuales ella queda aterrorizada y le parece que las pronuncia contra Dios. Ve lo que no le gustaría ver. Oye lo que no quiere oír. Está al borde del abismo. Todas estas pruebas son duras y difíciles, pero éste no es todavía el fin de la prueba. Existe todavía la prueba de las pruebas, esto es sentir el rechazo total por parte de Dios.

La prueba de las pruebas, el abandono absoluto

Ahora una terrible oscuridad envuelve al alma. Se ve completamente abandonada de Dios, siente como si fuera objeto de su odio y se encuentra al borde de la desesperación. Se defiende como puede, intenta despertar la confianza, pero la oración es para ella un tormento todavía mayor, le parece que empuja a Dios a una ira mayor. Está colocada en un altísimo pico que se encuentra sobre un precipicio.

El alma anhela fervientemente a Dios, pero se siente rechazada. Todos los tormentos y suplicios del mundo son nada en comparación con la sensación en la que se encuentra sumergida, es decir, el rechazo por parte de Dios. Nadie la puede aliviar. Ve que se encuentra sola, no tiene a nadie en su defensa. Levanta los ojos al cielo, pero siente que no es para ella, todo lo ve perdido para ella. De una gran oscuridad cae en una oscuridad aun mayor, le parece que ha perdido a Dios para siempre, a ese Dios que tanto amaba. Este pensamiento le produce un tormento indescriptible. Sin embargo no se conforma con eso, intenta mirar al cielo, pero en vano; eso le causa un tormento todavía mayor.

Nadie puede iluminar tal alma si Dios quiere mantenerla en las tinieblas. Este rechazo por parte de Dios ella lo siente muy vivamente, de modo terrorífico. De su corazón brotan gemidos dolorosos, tan dolorosos que nadie los puede comprender si no lo ha pasado él mismo. En esto el alma padece todavía sufrimientos por parte del espíritu maligno. Satanás se burla de ella: "Ves, ¿seguirás siendo fiel? He aquí la recompensa, estás en nuestro poder. ¿Y qué has ganado por haberte mortificado? ¿Y qué has conseguido siendo fiel? ¿A qué todos estos esfuerzos? Estás rechazado por Dios". La palabra "rechazado" se convierte en fuego que penetra cada nervio hasta la médula de los huesos. Traspasa todo el ser por completo. Viene el momento supremo de la prueba. El alma pierde de vista todo y es como si aceptara este tormento de rechazo. Es un momento indefinible. Es la agonía del alma. Es experimentar en el alma tormentos del infierno. Se empieza a sentir la falta de fuerzas fisicas. Pero Satanás tiene tanto poder sobre el alma cuanto Dios permite.

Sólo Dios sabe cómo el alma gime en estos tormentos, sumergida en la oscuridad, y con todo eso tiene hambre y sed de Dios, como los labios quemados tienen sed de agua. Muere y aridece; muere de una muerte sin morir, es decir, no puede morir. Sus esfuerzos son nada; está bajo una mano todopoderosa. El alma queda bajo el poder del Justo, está recogida bajo el poder del justo y tres veces santo Dios. Cesan todas las tentaciones externas, calla todo lo que la rodea, como un moribundo, pierde la percepción de lo que tiene alrededor, toda su alma se ve rechazada por la eternidad. Este es el momento supremo. Cuando el alma se ve penetrada totalmente por este fuego infernal y comienza a hundirse en la desesperación, siente que está llegando a su agonia, que su cuerpo va a separarse del alma, y pronuncia sus últimas palabras, "hágase tu voluntad y no la mía", y le parece que impulsa a Dios a una ira aún mayor, y solamente de vez en cuando de su alma irrumpe un gemido doloroso y sin consuelo. El alma en la agonia. Cada recuerdo de Dios es un mar indescriptible de tormentos, y sin embargo hay algo en el alma que anhela fervientemente a Dios, pero a ella le parece que es solamente para que sufra más. El recuerdo del amor con el que Dios la rodeaba antes, es para ella un tormento nuevo. Su mirada la traspasa por completo y todo ha sido quemado por ella en su alma.